jueves, 19 de julio de 2018

5 datos curiosos sobre MARY SHELLEY - La película


Este 2018 se cumplen 200 años de la primera publicación del archiconocido clásico Frankenstein o el Moderno Prometeo, que salió a la luz en 1818 y que escribió… ANÓNIMO.



No fue hasta la segunda tirada que se hizo pública la autoría de esta famosa novela, muy popular desde el mismo momento en el que se comercializó. El escritor William Godwin se encargó de que apareciera el nombre de la autora en la portada: su hija Mary Shelley.

Dos siglos después llega esta producción cinematográfica en la que se narra la vida de la escritora, pero sólo entre los 16 y los 18 años. ¿Por qué esa edad? Porque a los tiernos dieciocho fue cuando Mary Shelley escribió y publicó la novela, con los claros inconvenientes de ser casi una niña y además mujer en el siglo XIX. De ahí lo de anónimo, claro…

La película, muy, muy ñoña (no apta para los amantes de la acción, desde luego) y algo lenta al principio (la segunda parte de la película es mucho más interesante), se centra en estos dos años ya que fueron en ellos cuando ocurrieron todos los espectaculares detonantes que desembocaron en la oscura historia de Frankenstein.


Desde luego, la película resulta más feminista que literaria, ya que la publicación del libro es una mínima parte de la historia. Se centra mucho más en la defensa de la protagonista, Shelley, que tuvo que pelearse con todo su entorno (incluyendo una serie de buenos escándalos públicos) para poder vivir como ella deseaba, sin que acallaran su voz.

La película es recomendable, pero yendo con las expectativas adecuadas: no se centra en el libro, ni en el interés de Mary Shelley por la ciencia (algo que hubiera sido de lo más interesante), pero sí en otros aspectos no esperados, como el papel de la mujer en la Inglaterra victoriana, el feminismo, la ridícula idea de la defensa revolucionaria de las clases acomodadas…

En cuanto a la estética, si te va Jane Austen, esta peli te encantará. Transcurre entre Londres, Escocia y Ginebra, con sus bosques encantados y sus cementerios místicos. En el film hay mucho amor, muchísima poesía, corazones exaltados y rostros muy, muy pálidos. No digáis que no os he avisado.


lunes, 9 de julio de 2018

INSTRUMENTAL, de James Rhodes, o mi peor reseña



Título: INSTRUMENTAL: Memorias de música, medicina y locura.
Autor: James Rhodes
Editorial: Blackie Books
Año: 2015
Género: Memorias.
Número de páginas: 288
Sinopsis:
Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.
Pero no voy a hablar de eso.
Voy a habar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida.

James Rhodes es uno de los más eminentes concertistas de piano de la actualidad y un gran renovador de la música clásica. Ha protagonizado documentales para la BBC y Channel 4, escribe en TheGuardian y ofrece recitales en todo el mundo.

Mi opinión:
Yo es que no sé ni por dónde empezar. Tengo tanto, y a la vez, tan poco que decir sobre este libro, que no consigo organizar mis ideas. Empezaré diciendo que es lo más complejo que he leído jamás.

A mí se me ha revuelto algo por dentro, algo que ya no es igual. He intentado comparar esta sensación con un montón de cosas, pero sólo me salen metáforas que no consiguen reflejar todo lo que pienso. ¿Sabéis ese momento en el que estáis ante el atardecer más bonito que os podáis imaginar, y estáis maravillados, e intentáis hacer una foto para intentar conservar ese instante, pero la foto no le llega ni a la suela de los zapatos a la realidad? Pues eso mismo siento, que no debería reseñar este libro porque cualquier cosa que pueda decir no le llegaría ni a los bajos del pantalón.

Aun así, haré un intento, porque quiero que mucha gente lea este libro, porque es necesario. Pero quiero que lo lean con cuidado, con tranquilidad y con respeto.

Yo no conocía a James Rhodes, de verdad. Sé que ahora está muy de moda en España, y sobre todo en Madrid. Pero yo no sabía quién era. A mí me encanta escuchar la radio los sábados por la mañana, y siempre me engancho a la tertulia político-graciosa de las 11. Como me “conecto” un rato antes, siempre escucho a un tío que habla de música clásica. Un tío gracioso, que habla en inglés, que intenta enganchar contando anécdotas sobre los músicos de los que habla o de su propia vida. Me mola mucho esa sección de ese entusiasta de la música clásica de los sábados por la mañana.

Y luego, la pasada Noche de Los Libros, en Madrid, hice una cola de una hora y media para ir a ver a Andreu Buenafuente, ya que soy súper fan de su programa Nadie Sabe Nada de los sábados al mediodía, también en la radio. Buenafuente iba a charlar con un tío en el edificio de la Puerta del Sol, sobre libros y música. Me pareció un planazo, y aunque lo tuve que ver de pie al fondo de la sala, lo disfruté mogollón.

¡Pero ahí estaba! ¡Buenafuente estaba charlando con el tío de la radio de los sábados por la mañana! Ahí aprendí que se llamaba James Rhodes, que había publicado ya dos libros, que era muy gracioso y que tocaba el piano con los ojos cerrados. A pesar de estar en una sala con a saber cuántas cientos de personas, de pie, al fondo, sin ver un pimiento… creedme que fue… íntimo, y tierno, y divertido y especial.

Unas semanas después vi a Rhodes firmando libros en la Feria del Libro de Madrid. Quise que me firmara su libro, y contarle que primero le había escuchado, y luego le había visto, y ahora estaba hablando con él y que iba luego a leerle en sus novelas (una manera rarísima de conocer a alguien, ¿no?), pero la cola daba la vuelta a medio Retiro y ni siquiera lo intenté.

Entonces me hice con Instrumental, su primera novela, sólo que yo no sabía que NO era una novela. ¿Una autobiografía, tal vez? Ni siquiera sé cómo definirlo, pero tampoco hace mucha falta. Empecé a leer, y a mí me dio la vuelta el mundo.

De verdad que no sé cómo describir el libro (lo he intentado, ¿eh?, he escrito unas diez frases y las he borrado todas). Supongo que os podéis quedar con la descripción de la contraportada para saber un poco de qué va. Rhodes describe la que ha sido su vida. Su compleja, durísima, indeseable-aunque-en-ocasiones-alucinante vida. No hay palabras para hacerle justicia a una buena descripción, igual que no conseguiréis que ese atardecer se vea igual de espectacular en la pantalla del móvil.

Veamos, James Rhodes describe en este libro los abusos sexuales que sufrió a los seis años. Corrijo, no describe los abusos, describe sus consecuencias. Lo que el sintió, sufrió y vivió durante los siguientes veinticinco años. Y sí, puedes estar treinta años sufriendo las secuelas de una violación, porque no se queda en ese momento. Es una espiral en aumento.

Quedaros con que hay que leerlo. Está impecablemente escrito, de verdad. A nivel “técnico”, es perfecto el equilibrio entre descripciones, pensamientos, metáforas, bromas (algunas macabras, otras no tanto), lecciones y explicaciones.

Mirad, me voy a confesar un poco. Yo vivo con una eterna sensación de que no tengo la suficiente capacidad para captar la maravillosidad que hay en el mundo. Es algo que me pasa mucho, por ejemplo, con el arte moderno (sí, el cubismo y esas cosas). Sé que hay algo maravilloso ahí que yo no he conseguido ver aún. Y no, no soporto a los que se quedan tan anchos diciendo “No me gusta el arte moderno porque no lo entiendo”. Yo tampoco lo entiendo, pero al menos tengo la sensación de que sé que me estoy perdiendo algo.

Al leer este libro, he notado como si existiera un espectro de experiencias, y sobre todo de sentimientos, de los que yo era absoluta desconocedora. No sabía que se podía llegar a sufrir tanto, durante tanto tiempo. Me declaro total ignorante del sufrimiento de lo que bien se llama supervivientes de los abusos. Y qué estúpido me suena ahora ese vacío comentario de “sí, me lo imagino, te entiendo…” que todos hemos soltado alguna vez ¡¡sin tener ni puta idea!!

Es que es difícil hablar de esto sin hacer spoilers. Por eso me quedo con la frase del inicio:


En conclusión, me parece una manera magnífica de abrir la mente, de crecer, de conocer más, de saber y de actuar mejor. 
LE-ED-LO.

Si acaso Rhodes me leyera, cosa a la que no aspiro, me encantaría decirle que ha hecho bien, muy bien, en contarlo, en narrarlo, en coger un hacha, abrirme el cerebro y meterme dentro toda esta información que me ha ayudado a cambiar, a mejor, mi percepción sobre muchos temas importantes: la defensa de las personas, los límites de la tolerancia, que hay cosas que es necesario denunciar sin parar hasta que se comprenda, a estar alerta a esa negativa tendencia o actitud de “mejor no hablar de ello”, de no rechazar cosas sólo porque sean incómodas…

Sí es verdad que no perdono la explicación de los “beneficios” de las cuchillas. Me parece una información peligrosísima que, en mi caso, me encantaría desaprender. Ojalá pudiera borrarse del libro.

Nota: un 10.




lunes, 25 de junio de 2018

Siete datos y dos predicciones sobre Joël Dicker, en la presentación de su nueva novela


Ya está aquí, ya llegó… ¡la nueva novela de Joël Dicker!

O como se debería decir, Joéééél Dickééééggg, porque el autor no es americano sino suizo francófono. ¿Qué ya lo sabíais? Pues van aquí unos cuantos apuntes más que tal vez no conocíais del autor de misterio del momento.

Fue el pasado jueves, durante la presentación de su última novela, La desaparición de Stephanie Mailer, en el Espacio Fundación Telefónica, cuando contó por qué todas sus novelas transcurren en Estados Unidos, y no, por ejemplo, en su Suiza natal (ni siquiera en Europa). Jöel Dicker pasó muchos veranos de su infancia en EE.UU., donde vivían sus primos. De estas vacaciones tiene recuerdos estupendos, pero no es éste el motivo de su repetida vuelta al  continente americano para situar sus novelas. Según contó el propio autor, más de una vez ha intentado situar sus novelas en Suiza (sin ir más lejos, La desaparición de Stephanie Mailer empezó situada en Ginebra, pero tras muchos intentos, no conseguía encajar la historia con el lugar).

Para Dicker, las ventajas de elegir Norteamérica son dos, la primera es conseguir “alejarse” de la historia, que tenga menos tintes autobiográficos que puedan contaminar la trama (cosa de la que doy fe: sus novelas tienen muchas cosas positivas y una de ellas es la “ausencia” del autor a la hora de leer. Son los personajes lo que narran, algo que otorga mucho realismo y que no todos los escritores consiguen).

La segunda es la elección de este tipo de pueblos americanos pequeños y aislados. Como él mismo cuenta, una historia de asesinatos nunca funcionaría en París o Nueva York, porque son lugares donde se producen crímenes casi todos los días. En un pueblo pequeño, en cambio, un asesinato o una desaparición se convierte en el centro de atención, y todos los personajes pueden formar parte de la trama. Y antes de que me acuséis de spoileadora, no tengo ni idea de si a nuestra nueva amiga Stephanie Mailer la asesinan o no.

Y hablando de personajes, algo muy curioso que comentó el autor durante la charla con su entrevistadora, la escritora Berna González Harbour, fue que una de las ideas que dieron pie a la historia de Stephanie Mailer fue su deseo de aplicar en una novela la teoría de los Seis Grados de Separación, esa que dice que todas las personas del planeta están conectadas por una cadena de conocidos de máximo seis personas (otras teorías más actuales reducen este número de personas en entornos como Facebook sólo a tres). La idea de Dicker era, por tanto, escribir la novela con un máximo de seis personajes, pero como él mismo confiesa, la cosa se le fue de las manos, y en Stephanie Mailer encontraremos más de una treintena de personajes. Sus palabras al respecto fueron, literalmente… oh megde!

Otra curiosidad: si habéis leído al menos una o dos novelas de Dicker, sabréis su curiosa forma de narrar “a saltos”, combinando trozos de la historia en el presente y el pasado, lo que fomenta mucho el misterio y la emoción (ejemplo: “pareja de enamorados en el presente… en el siguiente capítulo, que transcurre muchos años después, uno de los dos está muerto… vuelta al pasado en el siguiente capítulo y todo es bello y maravilloso… Momento intriga: ¿cómo puede ser que se mueeeeera? ¡¡quiero saber qué pasa ya!!” Y así hasta el capítulo final. El rey de la intriga, este Dicker). Pues atención, que gracias a una de las preguntas del público descubrimos dos cosas: que Dicker no tiene ni idea de lo que va a pasar en su novela (no planea toda la trama antes de empezar a escribirla) ¡y que la escribe tal cual se lee! Es decir, con los mismos saltos temporales. Como él mismo explicó, su método es un 90% de escritura (de seguido) y  un 10% de retoques, con los que puede llegar a cambiar alguna cosilla de sitio.

Impresionante, ¿no?

De la charla me quedo con dos apuntes más: uno, la explicación que me tenía tan en vilo de por qué todas sus portadas (al menos las españolas) representan cuadros de Edward Hopper. ¿Alguno recuerda la exposición del Thyssen de hace unos años en Madrid sobre el pintor? Yo tuve la suerte de verla… ¡y Jöel Dicker también! Más allá de las fantasías de #MiYoLiterario que considera que esto es cosa del destino (aquí no se va a mencionar nada sobre lo guapo y majo y guapo que es el autor), Dicker explicó lo mucho que le gusta este artista, especialmente porque “sus cuadros no sólo sorprenden por lo que representan, sino por lo que NO representan. En los cuadros de Hopper nunca se ve lo importante, es como si todos ocultaran algo” y eso es lo que hace que para él tengan tanta conexión con sus novelas negras de misterio.


Fueron muchas más las cosas que Dicker contó en la presentación (la verdad es que parecía que le habían dado cuerda y se pasaba de diez a quince minutos, sin exagerar, contestando cada pregunta que le hacía su interlocutora), pero me quedo con su sentido Merci, merci, merci, con la mano en el corazón, agradeciendo las palabras de Berna González sobre su gran literatura y mejor aún persona.   

¿Ganas de nueva lectura? Yo no veo la hora de devorar las 650 páginas de este novelón (nunca mejor dicho… ¿sabíais que la versión original tenía 1200 páginas?). Gracias al universo que a Dicker se le da tan bien el bisturí como la intriga.