martes, 6 de diciembre de 2016

Harry Potter y el confuso arte de estirar el chicle



¿Cuántas cosas podéis nombrarme relacionadas con la saga de Star Wars? ¡Tiempo!

A ver… tres películas, seguidas de otras tres en forma de precuela, y cómics, y muñecos, y papelería, y moldes para tartas, y tartas, y ropa, y llaveros, y varias películas televisivas semi-oficiales, y sábanas, y pósters, y otras nuevas tres películas, esta vez como secuelas, y rumores de otra nueva película que ya no sabemos si va antes, después o en medio de las anteriores, y disfraces, y nuevos muñecos de nuevos personajes, y delantales de cocina, y Legos, y abrelatas, y… En serio, ¿hay algo fuera del alcance de esta saga? ¿es o no la marca registrada más sobada del mundo?

Todo un arte, el de George Lucas, para rentabilizar una idea que nació allá por los años 70 y convertirla en toda una franquicia, a la que llaman, de hecho, “universo expandido”. Un nombre apropiado para algo que se considera ya como parte de una cultura.

Sí, parte de nuestra cultura. Es decir, es una de las características que definirán nuestra generación cuando se hable de nosotros dentro de muchas décadas. Pero, volviendo al presente, ¿y qué decir de la pasta? El chicle económico de Star Wars parece no tener fin. Es la rentabilidad infinita de una idea que se estira, y estira, y estira.

Yo, la verdad, no me siento ni me he sentido nunca como parte de la generación Star Wars. La saga original me queda muy atrás, y la nueva, diseñada para captar los cerebros de la nueva generación, me ha pillado ya muy mayor. Pero sí formo parte de otra generación que está demostrando ser igual de pegajosa socialmente que La Guerra de las Galaxias, y es, como no, Harry Potter.

Siete libros, ocho películas, tres mini-libros más, nuevas ediciones, edición de adultos, edición en colores brillantes, edición ilustrada, merchandising de todo lo imaginable y más, tiendas exclusivas y hasta un parque temático. Un chicle tremendamente bien estirado del que siguen tirando: con el reciente estreno de la primera parte de una nueva trilogía (¿por qué una, si pueden ser tres?) cinematográfica, basada en el mini-libro “Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos”, y una obra de teatro.

Una obra de teatro que dura DOS días.

Y un libro con el guion de dicha obra de teatro.

Y un consiguiente destrozo de mi universo mágico particular.

¡Qué horror! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué mancillamiento! ¡Qué insulto! ¡Qué atrevimiento de los autores! ¡Y qué decir de LA autora! Mon dieu…

Pues no. Pues no me ha gustado nada. Harry Potter y el Legado Maldito es un insulto de libro-guión-obra escrito sin respeto ni criterio, que cree tener una buena idea para seguir una historia (y vale, no es una historia tan mala) que se sabe que lleva ya enganchada a millones de seguidores, pero que no tiene ninguna lógica ni coherencia con la historia original. 

*SPOILER/DESAHOGO-INDISPENSABLE-PARA-LA-SUPERVIVENCIA-DE-ESTA-QUEJICA: En serio, con los nuevos personajes se puede hacer lo que se quiera, pero los antiguos no pueden, de repente, ser tan, tan diferentes en su fondo, ¡por mucho que hayan pasado 20 años!
No me parece mal que se cree una nueva historia, ¡pero no se debe alterar la antigua! (y no me refiero a los viajes en el tiempo, reversibles a fin de cuentas). *FIN DEL SPOILER/DESAHOGO INDISPENSABLE.

Y es que, en el fondo, lo que más duele es que el tomo lleve la bendición de la autora. Una bendición escrita, firmada, en la propia contraportada. Una cosa es ceder derechos y otra amparar algo tan lejos de la literatura formal original.

Qué destrozo, qué dolor.


Y qué soledad. ¿Soy, de verdad, la única que se siente traicionada?

Posdata de la vergüenza: En mi interior, reconozco que disfruté mucho de la pelicula Animales Fantástico... Shame on me. Supongo que se trata de dejar marchar una parte de la infancia de muchos, de ceder el control sobre un mundo que era muy nuestro... ¿no es así?


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